Lo que no cabe en la maleta

Mudarse a otro país no es solo irse; es aprender a quedarse. Pero ¿Cómo nos quedamos en un lugar al que llegamos con la maleta vacía?

Muchas de las personas que migramos no lo hacemos porque estamos mal en nuestro país o con nuestra gente. En mi caso, algo dentro de mí me decía desde joven que no pertenecía del todo al lugar donde estaba. No encajaba con ciertos valores y creencias de mi cultura, y sentía que había mucho más por ver y aprender en otros lugares. Pensando así, y desde una condición que, gracias a Dios y al esfuerzo de mi familia, es privilegiada, lo más natural es tomar las oportunidades que da la vida e irse a buscar algo que uno no sabe del todo nombrar, pero que siente que existe en algún lugar.

El proceso es, en teoría, simple: un montón de papeles, diligencias, gastos y tiempo que al final regresan a nuestras manos en forma de visa estampada en un pasaporte. Un sello pequeño que, en realidad, simboliza que se te abre una puerta a otro mundo. Con la emoción y las expectativas a tope, empezamos a planear nuestra «huida triunfal»: esa que llena de orgullo a nuestros padres, que a los abuelos, aunque les duela, les hace ilusión ver cómo su esfuerzo se convierte en oportunidad, y que la hermana aprovecha para quedarse con el cuarto más grande.

Comprar los vuelos, check. Organizar la llegada y la estadía, check. Seguro médico, cuenta bancaria… Ahora sí, a empacar. Metemos la ropa, los zapatos, los accesorios, medio botiquín con medicamentos como si fuéramos a la guerra, y si somos mujeres, empacamos más zapatos por si acaso, El gato ¿El gato? Y es justo ahí donde empezamos a notar que hay muchas cosas que tendremos que dejar atrás.

Miramos a nuestro alrededor: esa habitación que ha sido nuestro lugar seguro desde niños, llena de objetos guardados como tesoros, cada uno conectado a un pedazo de nuestra historia; los animalitos que hacen compañía, y una mamá que, con lágrimas en los ojos, ayuda a cerrar la maleta, que se va con la ilusión de ver crecer a sus hijos, pero deja el vacío de las personas que convierten su casa en hogar.

Con la maleta lista, llegan las despedidas. Vamos a casa de los abuelos, pero a veces solo encontramos su memoria. Nos despedimos de las tías y los tíos que, con tanto cariño, ayudaban a la mamá con las tareas del colegio, nos cuidaban cuando había que trabajar y nos daban todo el helado con gomitas posible los sábados en la tarde. Nos despedimos de las mascotas, de la finca, ese santuario para escapar de la ciudad, rodeados de naturaleza, de los amigos, de las noches de comida y chisme, de los planes improvisados, de todas esas personas que, de una manera u otra, son parte de lo que uno es hoy.

Y llega el día. Agarramos las cosas, revisamos cien veces de camino al aeropuerto que llevamos todo: pasaporte, tiquetes, cargador, las llaves de la casa a la que no se va a volver en mucho tiempo, la estampita de Jesús en la billetera ¡ah! si la billetera, y el celular para llamar a casa apenas se pase seguridad, después de migración, antes de despegar y en cuanto se aterrice.

Antes de dar el gran paso de decir adiós, viene el último abrazo con la mamá. Uno que vale la pena grabar en la memoria y en el cuerpo, porque se llega a añorar mucho una vez cruzada la puerta de control de seguridad — y sí, aplica para otros contextos también. Es en ese momento cuando uno se da cuenta de que hay muchos lugares, muchas personas y muchas cosas que forman parte de lo que somos, ¿o éramos? y que, lastimosamente, no caben en la maleta; que toca dejarlos atrás; y eso significa que hay una parte de nosotros que también se queda.

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