
«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Solo conozco aquello para lo que tengo palabras.» — Ludwig Wittgenstein
Cuando migramos, una de las primeras cosas que hacemos es buscar la manera de comunicarnos. Tratamos de aprender el idioma local, nos apoyamos en el inglés, usamos el traductor del celular y con el tiempo vamos encontrando la forma de hacernos entender. Pero hay algo que ningún curso de idiomas te enseña y que solo descubres cuando estás adentro: entenderse no es lo mismo que comprenderse.
Puedes tener una conversación perfectamente funcional en un idioma que no es el tuyo y aun así sentir que algo falta. Porque el lenguaje no es solo vocabulario y gramática, es también el cuerpo, el tono, la pausa, la mirada. Es todo lo que rodea a las palabras y que le da contexto a lo que decimos. Y cuando migramos, perdemos acceso a ese código completo, al menos por un tiempo, y eso genera una sensación muy particular de estar presente y ausente al mismo tiempo.
Y luego están las expresiones. Esas que traducen lo mismo pero no sienten igual. Porque no es lo mismo decir «hurry up» que decirle a alguien «¡Hágale pues!» Las palabras pueden cruzar fronteras, pero la emoción que cargan, el humor, la complicidad, la historia detrás de una expresión, eso no se traduce. Y cuando no puedes usar las tuyas, sientes que una parte de ti se queda sin voz, no porque no tengas qué decir, sino porque no tienes cómo decirlo de la manera en que lo sientes.
Pero la comunicación va mucho más allá de las palabras. También se expresa en los gestos cotidianos, en los pequeños actos que en casa dábamos por sentados y que acá simplemente no existen de la misma manera. Acá, si bien la gente es amable en general, no siempre existe ese buenos días con una sonrisa que en muchos de nuestros países es tan natural. No es frialdad, es simplemente otra forma de relacionarse, pero cuando estás lejos de casa, esa diferencia se siente.
Pero hay un idioma que no necesita traducción, y aunque suene a película barata, es el amor. Y lo más curioso es que estando tan lejos, lo sigues sintiendo con la misma intensidad, solo que se manifiesta de formas distintas. Está en las llamadas en medio de las crisis migratorias, en los mensajes de apoyo y validación que llegan justo cuando más los necesitas, en las videollamadas con las amigas para mantenerte al día de los chismes como si no hubiera ningún océano de por medio. Pero no solo desde allá, sino también desde acá: en quien te acompaña a hacer diligencias en migración sin quejarse, en un novio que te compra tu primer calendario de adviento y tu primer conejo de pascua porque sabe que son cosas nuevas para ti. Todas esas acciones hablan de vínculos que son difíciles de explicar con palabras, de ese cariño que no necesita idioma porque se expresa solo, y que te recuerda que no importa qué tan lejos estés, siempre hay alguien que te habla en el único idioma que siempre vas a entender.
Y creo que ahí está la reflexión más honesta de todo esto, y con la que quiero cerrar esta serie de publicaciones: migrar no es solo aprender un idioma nuevo, es aprender a vivir con la sensación de que nunca vas a poder expresarte del todo, al menos no de la manera en que lo hacías en casa. Es aceptar que una parte de ti, la más íntima y la más tuya, habla en un idioma que no todos van a entender. Y paradójicamente, esa limitación también te enseña algo valioso: a escuchar más, a observar mejor y a encontrar conexión en los pequeños gestos que no necesitan traducción.
¿Tu que opinas?